La efímera belleza de las magnolias

Otro tiempo
 
Bernabé cierra los puños y mira desafiante al cielo antes de correr monte arriba, en dirección a la ermita, sin dejar de silbar al mastín, quien responde con la rapidez acostumbrada cercando a las vacas, marcándoles el ascenso diario detrás de él.
Bernabé no acepta su suerte, ni los consejos de que debe resignarse «como un buen cristiano», ni soporta que le vean llorar; sólo el perro y las vacas son testigos de las patadas que da a las piedras. Nadie le ve abrazarse a los robles. Primero el padre y, ahora la madre; las tías le hubieran dado igual. «¡Más vale que se hubieran muerto ellas!» grita sin dejar de correr bajo el aguacero. Algún día se irá, y no volverá a esa casa que ya nunca será la suya. Da igual adónde, pero se irá cuando pasen tres años; cuando cumpla los catorce se escapará para siempre de esa tierra que le ha visto nacer.
La lluvia cerrada amaga con quedarse todo el día. Como siempre, no ha cogido el paraguas, se niega, aunque las tías le llamen terco y le reprochen el trabajo que da lavar la ropa y la leña que gastan para secarla. Da igual lo que le digan, no piensa hacerles caso, prefiere mojarse, parecerse a su padre a quien nunca le importó ir y venir al monte por mucha lluvia que cayera. Quiere ser fuerte como lo fue él, parecerse a él pero no trabajar y morir en la mina.
Al coronar la cima vuelve la cabeza; está triste, pero se le escapa una sonrisa al comprobar la distancia del pueblo. «Me iré» piensa antes de sentarse sobre una piedra, a resguardo bajo el alero de la ermita, mientras vigila al ganado subir perezoso al compás del soniquete de los cencerros. Cuando lleguen, bajará a toda prisa para llegar en hora a la escuela, y al caer la tarde el camino de vuelta. Es su trabajo desde que tiene uso de razón, no le importa y presume de ello ante los otros chicos que se quedan jugando mientras él sube y baja sorteando las cercas, controlando la media docena de vacas de las que subsiste la familia. No, no le importa, pero está harto.
Desde hace un año le ha cambiado la vida, tanto como para sentirse el único responsable de su destino a pesar de su corta edad. El único responsable de todo lo que pueda pasarle. Alentado por la soledad, se siente dueño de sus decisiones y sueña con un futuro mejor. Hace planes que le llevan del triste presente a imaginar un porvenir muy diferente, lejos, muy lejos de allí. desde hace un año los prados le cercan, le oprimen como el mar a una isla. «Me iré, me iré» repite con los ojos clavados en el suelo. La ilusión de la huida lo levanta de un impulso. 
─Tengo que hacer planes para cuando salga de aquí. ¡Nadie me mandará, nadie!
Grita apoyando la cara en las rejas del ventanillo de la puerta de la iglesia, donde una Virgen con manto azul bordado con estrellas doradas, cae sobre cabecitas desconchadas de ángeles, ajena a los lamentos del chico que rompe a llorar otro día más desde que murió su madre. El desconsuelo va en aumento hasta inquietar al perro que se acerca y se frota el lomo contra la pierna del chico que no controla el hipo del llanto.
─¡Déjame, que estás embarrao!
El animal insiste hasta apartarle de la reja. Bernabé se limpia las lágrimas en los puños de la chaquetilla, resopla, aguanta la respiración y dice a las vacas que no se vayan de allí, luego, corre ladera abajo entre la cortina de agua hasta la casa de piedra cercada de flores silvestres de primavera, para recoger el cuaderno e irse a la escuela.
Al entrar, le sorprende ver a sus tías con buena cara. La más joven se apresura a llenarle el tazón con leche hirviendo, a la vez que la otra le corta un trozo de pan de la hogaza tierna. El chico no sabe qué pasa, pero está seguro de que algo importante. Sin preguntar, el desayuno extra con el que sus tías le han sorprendido, mientras se siente observado, en silencio, por las dos mujeres. Ellas nunca son amables, aunque lo intenten y es evidente que hoy lo están siendo, que le tratan bien, que le estaban esperando.  
—¡Te vas a atragantar! Bebe con cuidado que nadie te lo quita.
––Lo que te vas a poner es malo con tanta agua sobre el pellejo. Si te llevaras el paraguas mejor para todos.
––¡Anda y cámbiate esa ropa mojada, que vamos a la iglesia!
–– ¿Hoy?
––Cualquier día es bueno para ir. ¿O no?
–¿Y la escuela? –pregunta el chico–.
─Tiempo tendrás, hijo. ¡Tiempo tendrás de…!
Dice la mayor mientras la más joven retira el tazón y limpia las migas de la mesa.
La actitud de las mujeres le desconcierta. No es lo normal en sus tías, de las que nunca espera nada y a las que se sabe obligado a obedecer, tanta amabilidad. En la pequeña habitación asomada al monte, cuelga la chaqueta en la silla, luego se cambia de camisa y pantalón. Descalzo, seca las botas con la hoja amarillenta de un periódico que se deshace al contacto del cuero empapado. Se mira en el espejo, que fue de su madre, colgado en la pared y que siempre se la recuerda. Siempre han dicho que se parecía a ella. Busca en su imagen su recuerdo y luego se pasa la mano aplastando el flequillo mojado sobre la frente.
Las mujeres, calladas, esperan junto a la puerta de la calle, abstraídas en sus pensamientos. Se oye el caer monótono del agua sobre las tejas, sobre las piedras, y un tic, tic, tic…, persistente, contra una lata.
─¡Vamos, hijo, vamos!
Dice una, mientras la otra le da un paraguas que el chico acepta sin rechistar.
Cruzan el pueblo sorteando charcos y barro, seguidos a corta distancia por el mastín, hasta la puerta de la iglesia, en donde el perro esperará si es preciso una eternidad a que salga su amo.
Don Ramiro (el cura), lleva un rato esperando en la sacristía. Las mujeres articulan un «buenos días» que apenas se oye, al que el sacerdote responde con autoridad y, sin preámbulos, coge a Bernabé por los hombros y le comunica que, a petición de sus tías, ingresará en el seminario.

Hasta aquí el Primer capítulo de mi novela de amores imposibles:
La efímera belleza de las magnolias