¡Feliz Navidad!

¡Ni el tiempo acompaña! Le pareció una tontería, pero… añoró aquellas Navidades de ventanas con cristales escarchados y cielos amenazantes de tapar con nieve hasta el serrín del belén. Ahora, hasta los abrigos de piel están fuera de lugar por riesgo a cocerte dentro de los mismos o expuesta a perderlo por consumista de animales salvajes. Todo cambia de forma tan rápida que tiene la sensación de estar quedándose fuera de lugar, al margen de la corriente de este nuevo mundo global y cercano, aunque ella lo perciba como algo más distante e irreal que cuando lo veía en aquellos atlas del mapamundi de la infancia, cuando diciembre cubría a Madrid con el manto blanco del invierno y se llenaba la ciudad de castañeras arropadas con toquillas negras que a veces se chamuscaban al arrimarse al calor de la hornilla. Ahora el Mundo es poco previsible, y harto de tanta explotación por parte de mentes extraterrestres ha comenzado su paseo en solitario llevado por el viento sideral, sin rumbo fijo ni meta, en el que no todos los seres vivientes tienen billete para la enigmática aventura. Todo está alterado, incluido ese sol molesto que la obliga, en diciembre, a buscar el cobijo de las ramas aún cubiertas de hojas empeñadas en no caer al suelo y sembrar la avenida con colores otoñales. Hasta el escaparate de la pastelería ha dejado de seducirla porque lleva exhibiendo roscones de Reyes desde el mes de octubre. Aun así, es Navidad y siempre ha cumplido con la tradición que le enseñaron de FELICITAR LAS FIESTAS y DESEAR LO MEJOR PARA EL NUEVO AÑO. Esta vez se pregunta si debe hacerlo teniendo en cuenta toda la información catastrófica que le llega en el momento en que mira el móvil, enciende la televisión o escucha la radio. De hecho, tuvo muy claro firmar la hoja de petición, que una joven le puso delante justo al salir del metro, para no poner luces navideñas en la ciudad y ahorrar electricidad y dinero en favor de los pobres damnificados de la Dana levantina; ellos sí que están haciendo un viaje, pero al inframundo al que les ha llevado la mascletá acuática. Se pregunta si es ético festejar las fiestas con las guerras existentes, que lejos de pararse se alimentan y amenazan con extenderse a la misma velocidad que las hambrunas y los migrantes ahogados por huir de la miseria y la codicia de muchos. Cómo desear felices fiestas cuando las bombas arrasan hasta el exterminio a los niños y mujeres de Palestina ante la impotencia de aquellos que sólo son, somos, carne de cañón acostumbrados a ver el horror en directo y sin ninguna posibilidad de pararlo. Y encima, el primer mundo elige a un soberano del que hasta se tienen dudas si sabe algo más que contar dinero y comerse corazones ilusos. Y a pesar de todo seguirá siendo utópica, soñando con un nuevo año que traiga paz y esperanza, consciente de su suerte al tener casa, refugio, mientras una catástrofe no anunciada se la lleve por delante como a las pobres gentes del barranco del Poyo. Aun así, cumplirá con la tradición.    
Sentada junto a la mesa de la cocina mira el cristal de la alacena tras el cual aparecen expuestas esas figuritas sorpresa que esconden la masa de los roscones de Reyes que tanto disfruta cada vez que llega enero, y que le gusta coleccionar. Son tantas que se siente afortunada porque a pesar de muchas cosas esas miniaturas infantiles representan años vividos.
Es hora de felicitar. Se hace una lista intentando frenar ese pesimismo, esa duda de si este año hacerlo o no. Al fin y al cabo, siempre hay cosas en el mundo cercano y lejano que te anegan de tristezas y te impedirían disfrutar la Navidad de no ser por ese espíritu infantil que aún conserva, y porque hay que seguir caminando. Para animarse se sirve un vasito de jerez dulce que apura casi sin respirar. No, así no, así no se puede beber semejante delicia, hay que saborearlo poco a poco; primero dejándote llevar en los matices del color y aspirar su aroma, luego sentir que su calor, tan viejo y consolador como un abrazo, te posea y tonifique. Sólo así los deseos serán cálidos, auténticos suspiros del alma. Con el segundo vaso procede al ritual establecido y le sabe tan bien que se sirve un tercero y… las felicitaciones fluyen como ríos cálidos entre lágrimas sedantes. Completada la lista toca el turno de elegir una imagen que acompañe a los buenos propósitos escritos con el móvil nuevo, que no acaba de controlar. Mucho hablar y hablar, pero no se ha resistido a poner el árbol de Navidad bien recargado de luces de colores. Esa será la imagen.
Sofocada abre la ventana. ¡Para que algunos nieguen eso del cambio climático, menudo calor! Aprieta el botón un montón de veces para conseguir el encuadre adecuado para este diciembre.    
Entre el calor, el vino y la galería de imágenes del móvil nuevo ni sabe qué ha mandado, al menos espera que quede claro el texto:
MIS MEJORES DESEOS A TODOS, Y QUE EL AÑO NUEVO TRAIGA PAZ Y UNA BUENA RECARGA DE ESPERANZA.