El balcón de los amorosos

                                      Para Beatriz y Alex, deseándoles Amor eterno. 

Regresar cada año desde hace ya tanto tiempo además de una costumbre es una suerte. Entonces apenas se perdía nadie y el entorno histórico era casi una ruina. Nada que ver con ahora, todo reconstruido y siempre con turistas mirando a través del móvil y lanzando al mundo imágenes llenas de flores, de piedras, de torres, de celosías, de gatos distantes y de buitres vigías sobrevolando la fortaleza. Ha pasado mucho tiempo desde aquella primera vez y bien sé que me tiene que dar igual que seamos tantos los congregados y aceptar que dar un paseo en solitario es casi imposible, aún así sigue siendo un lugar especial al que vuelvo buscando una reencuentro con mi propio calendario, convencida de que las piedras desprenden energía positiva esparcida por el aire puro que se respira, y con la sensación de que algo extraordinario puede pasar en cualquier recodo de sus callejas o al volver de una esquina escondida tras las buganvillas espinosas y rebosantes de flor. Volver para asomarme a su balcón colgado al embalse del Guadarranque encajonado de montes de alcornoques y adelfas, es un regalo, igual que pasear cada verano por las ruinas de Baelo Claudia con los poemas de Catulo como un enjambre de abejas empeñadas en prenderme la cabeza de alfileres.

Si  no quería ver demasiada gente tendría madrugar para disfrutar en soledad y  sentirme integrada en el entorno al que llegas por una carretera que asciende entre  frondosos alcornoques y carrascas, que huele a verano,  custodiada por el volar rítmico de los buitres, auténticos señores de la fortaleza. El ritual comienza en el momento de tomar el  desvío al castillo.

Callejeé y volví a callejear contenta de no encontrarme con nadie, dejando para el último momento el asomarme a mi lugar favorito, al que se accede tras un recodo que desciende apenas unos metros entre un jazmín oloroso y gatos que te observan sin inmutarse.

Ahí estaba el recóndito rincón con su cartel incrustado en la pared de la izquierda sobre el banco que invita a sentarse, y al fondo, de  frente, el balcón abierto al cielo, a los montes, al agua y a las infinitas confesiones de amantes desde el s. XIII, a la inspiración de poetas o a solitarias como yo prometiendo volver para hacer fotos con las que alimentar el invierno, la lluvia y el deseo del reencuentro con la luz del próximo verano.     

Tuve suerte porque el lugar más codiciado de la fortaleza estaba vacío y podría asomarme para hacer encuadrar imágenes desde la parte volada y escondida a la derecha del arco de piedra que enmarca la entrada. Con el mismo ímpetu que quise llegar para apropiarme del enfoque perfecto me paré en seco porque alguien vestido de azul me había cogido la delantera, quien fuera, entró antes que yo al codiciado extremos del voladizo. Contrariada avancé para quedarme en la parte izquierda, sin molestar ni ser molestada, admitiendo que lo raro era haber paseado sola hasta entonces y encontrar el lugar vacío; lo peor es que si dejaba pasar más tiempo llegarían más turistas con móviles preparados para el disparo, y pletóricos de conversación, al menos, quién fuera el que estaba ahí permanecía en silencio. Estática y pegada a la reja vi de reojo que se trataba de un joven fuerte, rubio, con pantalón corto, blanco, y camisa color del cielo, y que al sentir que me acercaba se puso de pie. Supuse que, antes, buscando un mejor enfoque debió agacharse. Yo a lo mío: a las fotos del embalse, del parque de alcornocales y de los buitres volando. Sólo había hecho dos cuando oí un murmullo suave a mi espalda, lo mismo rezaba. Sin volverme, indiferente como los gatos salí y me senté en el banco a esperar que el ocupa dejase el sitio libre, deseando que en el caso de que rezase no fuera un rosario. Salí del balcón de forma tan discreta que no vi si estaba solo o acompañado. Esperaría paciente a que me devolviera la cortesía que tuve con él al dejarle disfrutar a solas de las vistas. Un par de gatos nuevos se me acercaron sigilosos antes de perderse por detrás del frondoso jazmín que crecía pegado a las piedras centenarias. El embriagante olor me fue relajando y me olvidé de las fotos disfrutando del tiempo de espera con los ojos cerrados, hasta que al abrirlos…  Ahí estaban, en silencio y mirándome, una pareja de cuento de final feliz, muy sonrientes, quietos, en un encuadre perfecto con ese paisaje idílico detrás de ellos. No se movían esperando algo de mí, algo que por suerte tardé apenas unos segundos en intuir. Esa extraña posición del joven agachado debía ser que estaba de rodillas y se levantó al sentir que algo más que un gato se acercaba por detrás. Vaya corte cuando entendí de qué iba el tema. Pedí perdón por mi torpeza al haber interrumpido algo tan importante para ellos sólo por repetir imágenes un año más. Estuvimos algunos segundos en silencio mientras continuaban frente a mí en estado de gracia, pletóricos de felicidad y mirándome como si la aparición llegada de otro mundo fuera yo y no ellos, que parecían venir de otro tiempo por muy actual que fuera su aspecto. Cuando por fin aterrizaron, sin perder la sonrisa y la expresión amable, me pidieron perdón por no haber salido antes y dejar libre el balcón, y se presentaron emocionados. Alex, un sueco rubio de ojos tan azules como su camisa, y Beatriz, una llanita morena, de ojos oscuros y mirar vivaz, y feliz al mostrarme la mano con su anillo de pedida recién aceptado. Los jóvenes parecían seguir estando en una nube de gracia celestial. Volví a la carga insistiendo en que la intrusa era yo, que me perdonasen por haber metido las narices en ese momento tan especial para ellos, momento que intenté compensar dándoles veinte veces la enhorabuena y mi sincero deseo de que tuvieran una vida larga, feliz y juntos. Emocionados me contaron su historia, cómo y dónde se conocieron, y me anunciaron la fecha de su boda haciéndome partícipe de su alegría nombrándome testigo de su promesa de amor. Fue  conmovedor ver cómo lloraban de felicidad. Les hice, y nos hicimos fotos para sellar el encuentro. Me dieron las gracias por estar ahí y me aseguraron que siempre me iban a recordar, que me quedaría con ellos por compartir ese instante de vida, tan importante e inolvidable para los dos. Conmovida por su entusiasmo les dije que escribiría un relato de amor porque el encuentro formaba parte de la magia del lugar, que los convertiría en Romeo y Julieta con un final de tarta, baile  y fuegos artificiales. Ellos, el balcón, el cielo, el jazmín, los gatos, la mañana fresca de agosto…, todo era tan inspirador. Antes de darnos un beso de despedida me pidieron el nombre y el número del móvil. Seguiríamos en contacto. Al quedarme sola pulsé el móvil desde todos los ángulos posibles con un entusiasmo y una energía que atribuí al encuentro, algo así sólo podía pasarme en ese lugar. Emocionada por lo vivido se me escaparon las lágrimas llevada por la imagen de emoción y arrobamiento que desprendían y me transmitieron.   

Sentada en el banco, ante la indiferencia de los gatos, me dije que siempre los recordaría allí y que me acompañarían cada vez que volviera a sentarme en ese rincón de Castellar de la Frontera bajo el cartel al que le falta la letra «A». E incluso me entusiasmó la idea de escribir el relato con todo lo que me habían contado, pero… al momento lo descarté. No, la historia, su historia de amor no me pertenecía, sólo escribiría recordando el encuentro. Enseguida llegó una pareja, y otra, y otra. Todos contentos de descubrir por primera vez el balcón asomado al embalse del Guadarranque, el jazmín oloroso y el banco para descansar justo debajo de ese cartel que todos hicieron suyo llevándoselo en el móvil: El rincón de los morosos. Estaba claro que al cartel le robaron la «A», seguramente buscando llevarse algo del AMOR que allí anida entre las piedras.