
“Amanece” es uno de los últimos capítulos de mi novela: Estelas, sueños y buhardillas, y recrea la ficción de como los personajes (exiliados españoles en Francia) reciben la noticia de la muerte del dictador ese 20 de noviembre de 1975.
AMANECE
Es miércoles, son las cinco de la tarde y ya ha anochecido. La temperatura es gélida y acelera el paso a un grupo de hombres que se dirigen a la frutería de Roger, quien, a pesar de la hora, ya ha echado el cierre y recibe con un apretón de manos a los que van llegando, hoy más numerosos que los habituales. Tienen por delante horas de espera para compartir. No piensan irse hasta que no haya desenlace.
Manuel, Andrés, Benito, Ramón, Roger, y otros tantos se apiñan en la trastienda. Por encima de sus voces se oye la emisora internacional que vuelve de continuo al tema en espera de nuevas noticias que comunicar. Delante del saco de las cebollas, sobre dos banastas llenas de patatas, han puesto un tablero sobre el que han colocado el televisor donde se suceden anuncios. En silencio esperan que llegue el comunicado definitivo.
El ambiente es de camaradería y todos agradecen a Roger que haya cerrado el local para vivir con intensidad el momento. El frutero sonríe y llena una y otra vez la bota de tinto que tarda poco en vaciarse. Los nervios, la falta de aire fresco y la euforia enrojecen las caras que rebosan satisfacción; huele a humanidad nerviosa. Han esperado tanto este momento, esta vigilia, que se preguntan si no están soñando.
—¡Joder, la que se está perdiendo el Contable! Claro que, no sé si es mejor dormir y levantarse con el regalo a los pies de la cama, que estar aquí asfixiándose.
Ramón echa de menos y hace notar su ausencia. Manuel asiente con la cabeza mientras en un rincón hace malabares con dos manzanas.
—Ni que fueras del circo.
Dice Andrés, haciendo un trenzado con ajos.
—Esta ristra te la voy a comprar. Quiero guardarla como recuerdo.
—Eso, ajo-derse, los otros, claro.
Dice Benito provocando la carcajada general.
A medida que avanza la noche cae el frío. El cielo está despejado y parece una manta de hielo en la que tiemblan las estrellas. En la frutería, Roger está empeñado en mantener caldeada la trastienda y no para de echar a la estufa banastas viejas.
Es madrugada cuando un hombre joven, escondido en el cuello del abrigo, subido hasta las orejas, atraviesa a zancadas la ciudad. Es periodista y ha estado aguantando al teléfono las noticias directas de un colega infiltrado en el hospital. Parece un gato con los ojos muy abiertos, temeroso del enemigo o al acecho de una presa. Al cruzar el puente, las mesas y sillas apiladas de los cafés proyectan sombras fantasmales. La luna lo sigue entre las copas desnudas de los tilos, iluminando el muelle donde una barca se mece inquieta. Se sobresalta al creer ver una sombra soltando la amarra.
—Ni que fuera un niño.
Piensa, y aprieta el paso dejando atrás el puente. Al llegar a la frutería golpea persistente el cierre.
—¡Salud, camarada!
—¡Salud, hijo! Pasa. ¿Hay novedades?
Al recién llegado sólo se le ven los ojos, dos tizones brillantes a punto de estallar. De no ser por la barba cerrada asustaría su palidez. Le falta el aire y a punto está de desmayarse. Roger lo sujeta asustado.
—¿Estás bien? ¿Qué pasa?
—Ha muerto.
Dice con un hilo de voz, pero recuperando el color al soltar la frase.
El frutero repite la noticia en voz alta.
Por un momento nadie dice nada, nadie habla, están paralizados en un silencio que al fin rompe el llanto incontenible de Roger. Segundos más tarde el grito unánime de euforia traspasa las paredes. Se abrazan, saltan, gritan, y la frutería se hace pequeña ante tanta alegría. Sin excepción: ríen, lloran, se pasan la bota y cantan.
Son las seis de la mañana del jueves, veinte de noviembre de mil novecientos setenta y cinco. A esta hora la noticia ya es oficial. Todavía es de noche, pero, para ellos, ya ha amanecido.
Manuel se ve volviendo a Asturias y escanciando sidra junto a su hermana y los sobrinos. Benito en cuanto llegue a la Estación del Norte cogerá el metro para ir a Cuatro Caminos, la estación donde trabajaba, y pasear por Bravo Murillo hasta su barrio: Tetuán de las Victorias, y el domingo irá al Rastro. Andrés se imagina paseando por el Viaducto y luego emborrachándose, mojando galletas en el vino dulce de El Anciano, mirando al Palacio Real. Ramón se acuerda de Baeza, de su madre que murió al poco de irse él a Madrid, y de aquella novia que vivía en Las Ventas. ¿Mira que si estaba embarazada? Lo mismo se encuentra con que hasta tiene un hijo, y hasta le hace ilusión esa posibilidad. Roger tiene muy claro que lo primero que hará cuando llegue a Barcelona es ir a la Plaza de Sant Jaume y saltar de alegría, esta vez con buenos zapatos, en lugar de aquellas alpargatas que se quedaron sin cuerdas por los saltos que pegó bajo el balcón donde Companys proclamaba la Segunda República.
Todos hacen planes con España en el horizonte. Todos pensando en ese final democrático en el que les gustaría vivir.
La noticia les ha embriagado más que el tinto de la bota y entre risas y abrazos no hay sitio para el silencio. Hablan, sin escuchar al otro, de sus proyectos. Luego, tras los abrazos y las risas, recuerdan a los que no están, a los que ya no podrán vivir este momento. La añoranza de los caídos es inevitable y se hace patente en las caras, en el recogimiento, en el silencio.
—¡Va por ellos camaradas, va por ellos!
Dice Roger, Y todos, solemnes, puño en alto, cantan La Internacional.
Avanzan por calles frías arropados por los recuerdos de un pasado común y en la espera de un futuro que les haga justicia. La historia acaba de pasar otra página. De repente se sienten mucho más viejos. Han esperado tanto, han deseado tanto que llegase este día que el nuevo amanecer les parece irreal.
Tras la larga noche entre trago y trago, el vacío en el estómago se convierte en náusea, en vómito contenido y necesidad de vaciarse de bilis atrasadas. «Al fin ha caído», repiten mientras la mezcla de todo los empuja, casi flotando, de vuelta a casa. ¿Y ahora qué? Ya no son aquellos que luchaban pensando en el porvenir, convencidos de un mundo mejor y defendiendo con su sangre joven un país que ahora debe ser muy diferente. «El río existe, aunque las aguas nunca sean las mismas» les dice Germán, pero…
¿Cómo será España?
Andrés golpea el portal.
—¡No son horas de llamar así, joder! —dice Roger.
—¡Que se despierte, hostias, que aquí no hay más vecinos que ellos y los de la puerta de al lado y son amigos! —Dice Manuel.
—Y el matrimonio ruso del primero.
—Qué va, Benito, cuando vine a ver a Germán me dijo que llevaban todo el año sin estar.
—Joder, pues si no despertarás a la portera —dice Andrés.
—Eso, y que salga en bragas, que aún está buena la Pauline.
—¡Ramón, eres incorregible, hasta muerto te van a gustar las tías! —grita Roger.
Pauline se despierta sobresaltada. Son las siete de la mañana y están aporreando la puerta. O es un borracho o un telegrama urgente del pueblo en el que al fin le comunican que… Ante la posibilidad de que sean buenas noticias se pone la bata rosa, la nueva, la que reserva por si hay alguna urgencia en el hospital. Se quita cuatro rulos de encima del flequillo y sale a ver quién anda ahí.
No quiere abrir, a pesar de que los hombres insisten y Ramón le asegura que es muy urgente y le dedica un piropo en español que Pauline no entiende, pero intuye o se imagina, por el tono, que es de halago. Después de un tira y afloja, abre la puerta a los cinco personajes que ya conoce porque han ido a visitar al espía en las últimas semanas, aunque siempre por separado, y que siempre la miran como hombres, a pesar de ser viejos.
En la buhardilla han permanecido la noche en vela. Acaban de dar la noticia oficial de la muerte. Aurelia se ha quitado las medias, se ha envuelto en una manta y se ha echado en la cama para estirar las piernas. Ha dicho que no tiene sueño, pero enseguida ronca. Germán, perdido en la bata gris de franela, parece catatónico.
Oye golpes en el portal. Estaba seguro de que vendrían.
Las pisadas resuenan en la escalera acortando distancia. Tiene el tiempo suficiente para ponerse una chaqueta, pasarse la mano por el pelo y avisar a Aurelia.
Germán abre la puerta y se echa a llorar. Los recién llegados parecen combatientes a punto de rendirse.
—¡La hostia! Entre la noche en vela y la escalerita de los cojones, casi ni lo cuento.
Protesta Ramón, que llega el último.
—¡Joder!, ¡Contable, cualquiera dirá que venimos al velatorio!
Todos ríen la gracia de Ramón, mientras abrazan a Germán y luego a Aurelia, que no deja de sonreír y de colocarse el pelo con las manos.
La noche del veinte termina como empezó, en la trastienda de la frutería, pero de fiesta. Apenas caben. No faltan tortillas, chorizo y botellas de vino guardadas para la ocasión por la mayoría. También están Basilio, Colette y Antoine.
En un extremo del local, junto a Manuel que intenta animarlo, Germán se esfuerza en poner buena cara. Aunque no lo parezca está muy contento por lo sucedido y participa de la alegría de todos e imagina lo feliz que sería en estos momentos de no haber perdido su obra. Lo que le ha pasado jamás le hubiera sucedido a su otro yo, al escritor de su diario. De repente le cambia el gesto, ante la idea de que podía escribir una novela sobre la vida de un escritor famoso que muere en un accidente aéreo. Si tuviera años por delante también podría escribir otro diario, real, contando lo que le ha sucedido, pero le falta ánimo y siente que ya no tiene futuro.
—¡Bebe, hombre!
—No puedo tomar alcohol, por las pastillas.
—¡Ni pastillas, ni hostias! Vino, joder, vino. Aún se pueden encontrar. Según la compañía no facturó ninguna caja —dice Andrés.
—Pero sí tres maletas, y para equipaje de un hombre que solo pensaba estar una semana es mucho.
Asegura Roger, a la vez que saca de un tarro grande de cristal pepinillos y guindillas en vinagre.
—Mira, Contable, lo mismo está todo en poder de la editora. A esa tipa hay que encontrarla. Yo sigo en contacto con una maestra, una novia que tuve antes de la guerra vive en Córdoba, pero conoce a mucha gente en Buenos Aires. Yo te digo que esa mujer, si no se ha muerto al recibir mi carta, encuentra a la editora de los cojones y averigua si tiene tus novelas.
—Gracias, Andrés. Pero es otra batalla perdida.
—Bebe, leche, a ver si borracho se te mete en la cabeza que tienes que seguir luchando.
Dice Ramón metiéndole la bota en la boca.
De madrugada abandonan la fiesta entre risas y planes para fletar un autobús y aparecer en España todos juntos. Basilio está pletórico ante la idea de ir y así se lo dice y repite a su padre, al quien lleva del brazo. Germán parece más perdido que nunca, ha intentado sin lograrlo estar a la altura de las circunstancias, pero la alegría ajena al final le ha provocado más tristeza.
Al lado de Germán camina Antoine con el acordeón al hombro; tiene los mofletes y los ojos enrojecidos por la bota, y a pesar del frío le arden las manos. Ha tocado infinidad de veces España cañí, aunque Colette no le haya acompañado bailando. Detrás de los tres hombres, las dos mujeres van del brazo. A Aurelia parece que el abrigo la va a estallar de un momento a otro. Piensa en toda la familia yendo a recibirlos.
—Tendré que hacerme algo de ropa. Allí hace más calor.
—Y la ocasión lo merece.
Asegura Colette, y como los hombres van a cierta distancia, aprovecha para decirle que ya ha solicitado el visado a Cuba. Aurelia se alegra y está perpleja, desde que el tal Julián apareció en sus vidas no paran de pasar cosas, incluso la de hoy, que parecía que no iba a llegar nunca.
—Vaya año. Me alegro por ti, pero me da pena de Antoine.
—También a mí, pero… Es mi vida.
Las dos mujeres se abrazan bajo la farola que delata diminutos copos de nieve.
—Sujétame fuerte, hija, que he debido beber más de la cuenta.
