
Cada uno es hijo de su tiempo, y la suerte del que escribe es que juega a su antojo con las vidas y el tiempo ajeno. Pone principio y fin a esa realidad inabarcable que nos circunda y somete como marionetas a merced de un destino que otros marcan sin posibilidad de que nos escapemos. Impotentes ante el horror de la injusticia, sin escapatoria ni posibilidad de huida, aguantando la mirada ante tanto sufrimiento que nos abre en canal, que nos martiriza, qué nos queda… ¿Escribir buscando un final feliz que sólo aceptaran los ilusos; hablar de amor, de pájaros y flores, de sueños rotos bajo la luz de la luna mientras se desangra la tierra y lloran hasta las piedras…?
Malos tiempos para evadirse en la hoja en blanco ajena al rastro de la sangre de los inocentes.
Te miro, te doy un nombre, te lavo las heridas, busco a tu familia y te llevo a tu casa para que te recuperes a la sombra del olivo junto a la higuera centenaria cuajada de dulces frutos, desde la que se oye el suave golpe del mar de verano. Para cuando empiece el nuevo curso estarás recuperado y volverás a clase con los sueños abiertos a lo que estudiarás y serás de mayor, y volverás a jugar, y a reír y a correr con los amigos con los que has crecido y planeas formar ese equipo de futbol que llegará tan lejos. Volverás a ser feliz. Ya lo verás. Nunca pierdas la esperanza. Ojalá el futuro te salde este sufrimiento. Pido porque así sea.
Dios quiera que así sea más allá de esta hoja en blanco que se tiñe de sangre al contemplarte.
Es imposible seguir escribiendo. No hay palabras para describir el dolor y la desesperanza de una criatura.
¡Hijo, qué te han hecho!
