
El 23 de abril es un día especial por los buenos recuerdos que me trae, como aquel 23 en que salió publicado El buitre en el Heraldo de Aragón. El día de San Jorge siempre me ha regalado cosas amables y satisfactorias. O eso creía hasta este 23, donde todo estaba centrado en una cita ineludible en el hospital. Bueno, no todo va a ser divertido y agradable, me dije desde que supe la fecha de intervención, además, habrá otros “23” para compensar el de este año. No soy nada valiente, pero la vida me ha enseñado que lo mejor es asumir la suerte y seguir el camino que el destino nos marca, sin tener en cuenta lo que opinamos al respecto. En fin… con el destino no hay quién pueda.
Tampoco Francisco iba a celebrar su San Jorge. Quién lo iba a decir después de su último paseo por el Vaticano en ese domingo de Resurrección con la esperanza puesta en la mejoría de su salud. Pobre…, justo se tiene que ir ese lunes soleado y florido de abril en el que San Jorge debía estar ya preparando sus armaduras y alimentando con fresco forraje a su caballo para emprender la aventura, un año más, de salvar a la inocente doncella de las fauces del insaciable, arrogante e incandescente dragón. Ya seríamos dos los que no íbamos a celebrar ni el Santo ni el Día del Libro.
Cuando estás en un hospital pendiente de que entre el camillero y te lleve por la autopista de pasillos y luces inquietantes hasta la puerta del quirófano, es difícil abstraerte y pensar en algo más que el: yo, mí, me conmigo. Aun así, hice un verdadero esfuerzo y me concentré en esos recuerdos felices de otros San Jorge, y en los felices por vivir, e intentando ser positiva al aceptar el presente me encomendé al santo y le pedí vivir otros 23 mejores.
Metida en mis elucubraciones, en la capilla personal de contarme aquello de aceptar el cáliz por mucho que no me gustara, de repente se abrió la puerta corredera de cristal y apareció él, quien resultó no ser el camillero. El inesperado personaje, cuyo atuendo me descolocó, disparó mi imaginación al punto que… Me fue fácil ver una cota de malla sobre esa especie de camiseta, protegiendo aquel torso de hombre aún joven. Luego, intuí que las grebas se ajustarían bien sobre el vaquero, y que el yelmo protegería su cabeza de la que escaparía la melena hasta tocar los hombros, mechones rebeldes e impregnados de ceniza de las incursiones entorno a la guarida de la fiera. Ese atuendo imaginado le confería una distinción de sabio y guerrero dispuesto a llevar a cabo su misión. Se presentó directo y me habló de…, antes de darme a firmar aquel ejemplar imprescindible para la contienda.
No leí nada, para qué… Sólo le aseguré que hubiera preferido estar firmando un libro, a lo que contestó: que igual que él, que coincidíamos de pleno, pero… Tras mi firma desapareció a la velocidad de un rayo misterioso.
Apenas tuve tiempo de volver a tumbarme cuando, ahora sí, llegó el camillero e iniciamos el viaje bajo los neones rumbo a mi destino. En la mesa del quirófano me rodearon atareados espíritus verdosos y un dulce ángel que me invitó a dormir. Luego…
Ahora, saliendo del abrazo de la anestesia, ya sin la compañía del dulce ángel del sueño, busco la luz de la salida pensando en San Jorge y deseándole larga e inmortal vida para seguir salvando a “inocentes doncellas”.
No he vuelto a ver a mi San Jorge, cuyo verdadero nombre es: Javier Moreno Planas, y a quien agradezco “de todo corazón”, su entrega en un trabajo tan de filigrana, como me han dicho que hizo conmigo. Y desde Encima de la niebla, de esta mañana de primavera, le doy las gracias por salvarme de las fauces del dragón.
San Jorge 2025. M. Cruz Vilar
