—¡Dichoso metro! –dice Juan, pensando en el tramo final de la escalera aún por subir. Sólo es cuestión de tomárselo con paciencia, ir despacio. Arriba, el aire fresco le devolverá el aliento. Si ella lo viera en esas cavilaciones… Ya le advirtió: «Es una bobada empeñarse en volver al barrio después de tantos años, no lo vas a reconocer, total, qué más da. Los escenarios, las personas y los recuerdos se llevan dentro y nada es recuperable fuera de su tiempo. Lo pasado, pasado está».
«Qué sabría ella», dice a quien quiera oírlo de entre la multitud de viajeros que van y vienen por el andén, a quienes cede el paso por pura precaución.
Agotado de tanta humanidad siente alivio al ascender en la escalera mecánica a pesar del molesto destello de la luz de neón (que por no sabe qué razón le provoca inestabilidad al andar e inseguridad de cabeza), y la aglomeración en los peldaños. Tal vez no fue una buena idea, encima, desde la parada anterior tiene una punzada en el pecho, por momentos más persistente.
«Regalos de vejez», se cuenta casi en voz alta sin pudor de ser oído. Al llegar a la calle tomará la pastilla, pero antes, debe superar el último tramo a pie que aparece frente a él como una montaña. Los últimos escalones se le hacen eternos hasta coronar la cima de la salida. Es una locura, pero quizá tal vez siga en el barrio, aunque estará hecha una viejecita. Una locura pensar que el tiempo no haya apagado el brillo de aquellos ojos que tanto le gustaron. ¿Por qué tardó tanto en volver a buscarla? «La vida, la vida que es así de tonta», se contesta rotundo.
A pesar del ahogo su recuerdo lo anima.
Al salir se encuentra con la plaza de lo que fue su barrio, aunque muy distinta a la de entonces, tantos años atrás. Al menos se mantienen en pie los dos edificios de las esquinas de lo que fue su calle. Testigos de sus encuentros. Ahí jugaban y, ahí se despidieron con la promesa de que él volvería. Cansado, mira buscando algo más de aquel tiempo. Nada. Ni rastro tampoco de los árboles frondosos de aquella última tarde primaveral. En su lugar unas jardineras de hormigón delimitan un banco de granito donde cae sentado, casi exhausto. De la plaza de su niñez sólo queda el espacio y el nombre, además de la sensación grata del recuerdo infantil que le ha llevado hasta ahí.
Se busca el pulso en la muñeca e intenta oír los latidos del corazón; imposible con el ruido de los coches, el ahogo y el miedo. Las pulsaciones deben estar por debajo de cuarenta, en el umbral de un ataque. Rebusca con prisa en los bolsillos de la chaqueta y del pantalón la caja de la medicina que en otras ocasiones le ha sacado del trance. Tiene prohibido salir a la calle sin ella. Su mujer siempre se lo advierte, pero hace mucho que dejó de prestarle atención.
Si me viera así, engordaría de gusto. «La memoria te falla», repetiría una y otra vez sin cansarse y disfrutando el triunfo. ¡Qué mujer!
Su vida dependía de un pequeño envase de cartón blanco con bandas rojas y en negro el nombre del medicamento; dentro, protegidas en burbujas de plástico transparente las pastillas milagrosas esperando su turno para ser depositadas bajo la lengua y revivir al moribundo.
El miedo se vuelve pánico al tener la certeza de que no las lleva consigo. Deja de oír al tráfico ensordecedor. Un ahogo persistente y el sudor repentino hacen que se desabroche la chaqueta y se afloje la corbata buscando aire. Cierra los ojos. «¿Será el fin?», se pregunta intentando guardar la calma.
Una sombra le sobrevuela muy cerca. Busca en vano un cielo azul a pesar de la polución. Un cielo con nubes algodonosas como el de aquella tarde.
Al bajar la cabeza la ve, es ella, la niña de ojos negros, con aquel vestido blanco con mucho vuelo y un lazo de gasa carmesí apretando su diminuta cintura. Es ella, con sus zapatos rojos y calcetines de ganchillo. Tal y como la vio la última vez, pero, la niña le mira asustada. Es evidente que no lo reconoce. Claro. Cómo hacerlo. Él es un viejo y ella sigue igual a pesar de que la plaza no es la misma de aquella última tarde. Entonces…
Cierra los ojos y le llega un silencio tranquilizador antes de alejarse flotando por encima de los árboles. Qué árboles, si no los vio. Da igual, ahora se deja llevar, se eleva por un camino etéreo, que le confunde ante la incertidumbre de que el tiempo o el espacio no están en su sitio.
Un aleteo le devuelve a la realidad del banco. Al abrir los ojos ve a una paloma gris, con un collar de plumas verdes, impactar con el pico en un globo suspendido en el aire y sujeto por un hilo casi invisible que su pequeña amiga tiene agarrado. Tras el estallido la niña rompe a llorar. El llanto le saca del silencio en el que creyó flotar y de nuevo escucha el ruido de los coches retumbándole en el pecho, y el griterío de los niños jugando; y otra vez la angustia y el ahogo, y el recuerdo de los reproches que tendrá que oír al llegar a casa si sale de ésta. Otra vez está ubicado en un presente no deseado.
Hubo un sobresalto general al escuchar el llanto. Al acercarse se sorprendieron porque nadie lo vio llegar, tampoco los niños que corrían de un extremo a otro de la plaza vigilados por los mayores que llenaban las mesas de las terrazas de los bares, donde todos hablaban del anciano desmayado en el banco.
Nadie había reparado en él excepto ella, vestida de domingo y con un globo blanco suspendido en el aire. Ella, la niña que esperaba en la plaza el regreso de su amigo, vigilando de día y de noche las esquinas de la calle por donde se fue con la promesa de volver para seguir jugando.
La gente se arremolinó junto a la ambulancia que cargó el cuerpo del viejo, mientras una pequeña cuenta con detalle que se acercó a ver al hombre caído. No le dijo nada, sólo la miraba y sonreía. Entonces, vino una paloma y le explotó el globo. Por eso se puso a llorar.
De mi libro de relatos: DESAFINADO (soplaralcierzo.com)